Chile encontró una amenaza que no figuraba en sus planes de defensa: la inteligencia artificial argentina. O, más precisamente, una IA fabricada en otros países que, cuando intenta hablar español, termina pareciéndose a alguien que pide un cortado en Corrientes y Callao. Usuarios chilenos descubrieron con indignación que pueden exigirle a un chatbot que respete su manera de hablar y recibir a cambio un “vos”, un “che” o un “al toque”. La soberanía lingüística no venía incluida en la suscripción.
La humillación tiene respaldo académico. Un estudio encabezado por la lingüista Marina Mayor-Rocher examinó nueve modelos de IA con 30 preguntas sobre gramática y vocabulario de siete variedades del español. Algunos sistemas pequeños fallaron hasta en el 80% de los ejercicios de léxico chileno. Palabras corrientes en Santiago, como “weón” y “bombilla”, resultaron un campo minado para máquinas capaces de redactar contratos, programar y explicar la física cuántica. Saber qué le dice un chileno a otro ya es pedir demasiado.
En cambio, el voseo rioplatense, con su “vos sabés” y su “vos podés”, fue reconocido con mucha más facilidad. La variedad mejor identificada fue, en rigor, la española de España, un detalle inoportuno para la celebración patriótica. Pero la Argentina consiguió algo más entretenido: hacerse presente incluso en conversaciones donde nadie la había invitado. La explicación es menos épica que el cruce de los Andes: cuanto más texto de una variedad circula en internet, más oportunidades tiene la IA de aprenderla. El exceso de argentinos opinando en línea finalmente habría encontrado una utilidad estratégica.
Un periodista chileno contó que Claude, pese a sus instrucciones para evitar el habla argentina, insistía con expresiones como “lo subís vos” y “al toque”. No hay tanques avanzando hacia Santiago ni partes de guerra desde Mendoza. Apenas un algoritmo que, ante una orden de hablar como chileno, parece contestar como si atendiera un kiosco en Almagro. Durante siglos se discutió quién dominaba la cordillera. Ahora la discusión es bastante más dolorosa para Chile: cómo convencer a una máquina de que deje de hablar como su vecino.

