La crisis de Milei llegó al transporte: colectivos que desaparecen, pasajeros desesperados y el regreso del caballo al conurbano

Más de 100 líneas recortan sus servicios nocturnos y los pasajeros quedan condenados a esperar en la oscuridad. Las empresas reclaman $40.000 millones. En los barrios donde todavía circulan carros a caballo, el futuro empieza a parecerse demasiado al pasado.

La revolución del transporte ya está en marcha, aunque en sentido contrario. Desde el lunes, 104 líneas nacionales que unen la Capital con el conurbano comenzaron a achicar sus servicios nocturnos, con una reducción anunciada de hasta el 50% entre las 22 y las 5. El último colectivo se convierte así en una especie en peligro de extinción. Para volver del trabajo habrá que consultar el horario, la aplicación y, por las dudas, el santoral completo.

El conflicto tiene una cifra: $40.000 millones. Es el desfasaje que denuncian las empresas entre sus ingresos y lo que cuesta poner las unidades en la calle. El boleto mínimo vale $742,81, pero las compañías calculan casi $2.500 por pasajero. Mientras el Gobierno de Javier Milei y los empresarios discuten quién pone la diferencia, el pasajero aporta la única moneda que todavía le queda: horas de vida. La austeridad tiene una ventaja contable: una persona esperando en la parada no consume combustible.

El malestar venía de antes. Adriana, una pasajera que necesitaba volver de Almagro a Haedo, contó que terminó pagando un auto de aplicación y llegó a casa después de las once de la noche. Otro usuario relató que esperó más de cincuenta minutos el 15 de madrugada en Plaza Italia y tuvo que rendirse ante un Uber. Son testimonios anteriores a esta reducción, cuando todavía circulaban más unidades. Ahora, salir tarde del trabajo puede convertirse en una prueba de resistencia con escala en una parada vacía.

La imagen más brutal la ofrece el propio conurbano: en sectores de Quilmes y José C. Paz todavía hay carros tirados por caballos, vinculados a actividades de subsistencia. No hay evidencia de que hayan reemplazado colectivos, pero la convivencia resulta digna de un museo del atraso: el transporte motorizado pierde frecuencia y el caballo sigue ahí, inmune a la discusión por los subsidios. El ajuste no trajo de vuelta la tracción a sangre. Lo inquietante es que nunca se había ido. La Argentina todavía no volvió al caballo, pero ya encontró cómo dejar a la gente a pie.

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