Paraguay acaba de inventar el corralito del siglo XXI: sin colas interminables, sin empleados detrás de una ventanilla y con una aplicación que directamente dejó de funcionar. Ueno Bank, el gigante digital que prometía revolucionar las finanzas, terminó intervenido por el Banco Central después de que su solvencia se desplomara por debajo de la mitad del mínimo exigido. Casi tres millones de clientes descubrieron que la revolución tecnológica había alcanzado su máxima expresión: ahora los bancos pueden quedarse con el dinero sin siquiera tomarse el trabajo de atender al público.
El escándalo tiene todos los ingredientes de una superproducción latinoamericana: 850 millones de dólares de fondos públicos comprometidos, recursos jubilatorios atrapados, siete directivos detenidos y un presidente incómodamente cerca del negocio. Santiago Peña había sido socio comercial del grupo propietario del banco, una circunstancia que hoy adquiere el encanto de una bomba de tiempo. El mandatario pidió la renuncia del titular del Banco Central, mientras la oposición comenzó a hablar de juicio político. Todo ocurrió a una velocidad extraordinaria para un país cuyo modelo económico era presentado como un monumento a la estabilidad.
En Asunción, los ahorristas salieron a reclamar su dinero y hubo incidentes con la Policía. El Gobierno pidió calma, una recomendación particularmente apreciada por quienes no pueden pagar sus cuentas. Las autoridades aseguraron que los depósitos cuentan con garantías y que se trata de un problema aislado. La población, poco familiarizada con los beneficios de quedarse sin ahorros por razones técnicas, reaccionó con una ingratitud desconcertante. Después de años de modernización financiera, el sistema había conseguido recuperar una de las tradiciones más entrañables de la región: explicarles a los ciudadanos que su dinero está protegido precisamente porque nadie puede entregárselo.
El caso Ueno todavía no representa un colapso bancario generalizado. Pero la confianza ya sufrió una intervención de urgencia. El milagro paraguayo empieza a revelar su reverso: negocios privados próximos al poder, organismos de control bajo sospecha y funcionarios que descubren las irregularidades cuando el desastre ya ocupa las tapas de los diarios. Durante años, Paraguay fue presentado como un ejemplo de futuro. De pronto, empezó a ofrecer una imagen extraordinariamente nítida de algo que muchos preferirían no volver a ver.

