Donald Trump descubrió que la democracia tiene una costumbre desagradable: cada tanto cuenta los votos. Los demócratas le arrebataron el Senado y la Cámara de Representantes, con victorias en territorios republicanos donde hasta ayer parecía más fácil encontrar un comunista que un elector arrepentido. El hombre que se disponía a hacer grande otra vez a Estados Unidos deberá pasar los próximos dos años averiguando cómo se gobierna sin el Congreso. Su primera reacción fue culpar a los candidatos derrotados, una tradición de liderazgo que consiste en adjudicarse todos los triunfos y tercerizar las catástrofes.
El castigo electoral llegó por el costo de vida, la guerra con Irán y una prosperidad que no terminó de presentarse a trabajar. La nueva mayoría demócrata podrá frenar proyectos, revisar nombramientos y abrir investigaciones. Trump conserva la Casa Blanca y la lapicera del veto, pero pierde algo mucho más preciado: un Parlamento dispuesto a confundir sus órdenes con leyes. Para alguien acostumbrado a tratar cualquier límite institucional como una ofensa personal, se avecina una temporada larga.
En Buenos Aires, Javier Milei contempla el resultado con un problema de dimensiones continentales. Apostó buena parte de su capital diplomático a un presidente que ahora tendrá que discutir hasta con los encargados de encender la luz del Capitolio. Y hay algo más concreto que las fotos y los abrazos: el swap de 20.000 millones de dólares acordado con el Tesoro estadounidense ya había despertado objeciones demócratas. Con ambas cámaras bajo control opositor, nuevos auxilios y la transparencia de los existentes podrían quedar bajo una lupa bastante menos sentimental.
¿Empieza la caída de Milei? Una elección en Estados Unidos no decide la argentina, pero sí puede deteriorar el relato de un liderazgo internacional irresistible. El antecedente de Trump deja una escena incómoda: el enojo sirve para llegar al poder, pero no alcanza para pagar el supermercado. La motosierra promete cortar privilegios; el problema empieza cuando los votantes descubren que también les está serruchando la silla.

