La escena suele comenzar con una mentira pequeña. Un dolor abdominal, una caída doméstica, una molestia “que apareció de repente”. Después llega la radiografía y la verdad queda iluminada sobre una pantalla: una botella, una lata, un aerosol o una herramienta alojados en el recto, a veces demasiado arriba para extraerlos sin abrir el abdomen. Para entonces, el objeto puede haber perforado el intestino, contaminado la cavidad abdominal con materia fecal y convertido una aventura sexual en una urgencia capaz de terminar en septicemia, resección intestinal o muerte. La vergüenza, último reflejo de dignidad disponible, suele retrasar la consulta y empeorar todo.
Uno de los casos relatados por personal de emergencias involucró una lata de gaseosa introducida al revés. Los médicos no conseguían sujetarla y debieron abrirla dentro del recto para poder manipularla. La espuma salió mezclada con sangre y materia fecal. Otro paciente llegó con un aerosol de butano de unos 35 centímetros. El objeto había quedado tan profundamente alojado que fue necesario retirarlo mediante una cirugía abdominal. Durante la operación no pudo utilizarse cauterio eléctrico: una chispa podía provocar una explosión dentro del quirófano. Pocas escenas resumen mejor el fracaso de la civilización que un equipo de cirujanos obligado a desactivar un intestino inflamable.
Los casos más graves pierden rápidamente cualquier rasgo pintoresco. Un hombre llegó con un destornillador que había perforado la unión entre el recto y el colon, atravesado tejidos y provocado un enorme absceso en el periné y el glúteo. Los cirujanos debieron resecar parte del intestino y realizar una colostomía. Salió del hospital con una abertura en el abdomen y una bolsa destinada a recoger las heces. En otro episodio, un objeto de 77 centímetros atravesó el colon y avanzó hasta la zona del bazo y el diafragma. La extracción exigió una laparotomía, una incisión amplia en el abdomen para buscar el daño desde adentro. A esa altura ya no hay anécdota sexual: hay órganos perforados, pus, fiebre y médicos tratando de evitar que el contenido intestinal invada el cuerpo.
El terror suele agravarse antes de llegar a la guardia. Algunos pacientes introducen pinzas, cuchillos, alambres o utensilios para recuperar el objeto y solo consiguen empujarlo más arriba o romperlo. Las botellas de vidrio pueden estallar; los bordes cortantes pueden desgarrar arterias; una perforación puede liberar bacterias y materia fecal en el abdomen. Dolor intenso, sangrado, fiebre, vómitos o imposibilidad de evacuar pueden anunciar que el intestino ya comenzó a fallar. Los médicos insisten en que la consulta debe ser inmediata y sin versiones creativas: ellos ya vieron botellas, verduras, juguetes, desodorantes, herramientas y lámparas. No están allí para juzgar. Están allí para impedir que una noche de placer termine con un respirador, una bolsa de colostomía y una familia esperando noticias bajo la luz blanca de terapia intensiva.

