Lionel Messi tuvo que ganar dos Copas América, una Finalissima y un Mundial para que una parte de la Argentina suspendiera su costumbre de triturar al que sobresale. Antes fue “pecho frío”, “catalán”, “empleado del Barcelona” y sospechoso de no sentir la camiseta porque no cantaba el Himno con la pasión de un panelista que cobra por indignarse. Le exigieron el carácter de Maradona, los goles de Pelé y una declaración semanal sobre los problemas nacionales. Cuando perdió tres finales entre 2014 y 2016, lo responsabilizaron por todas las desgracias conocidas. Messi renunció, volvió y siguió jugando. Sus verdugos, privados de argumentos, tuvieron que modernizar la industria.
El Mundial 2026 abrió una etapa todavía más delirante. Ahora Messi sería beneficiario de una conspiración construida por la FIFA, el VAR, Gianni Infantino, Donald Trump, Benjamin Netanyahu, Javier Milei y hasta el Mossad. También fue acusado de “sionista” por haber visitado Israel, no pronunciarse sobre Gaza y aparecer en fotografías con dirigentes occidentales. Después de los triunfos contra Egipto y Suiza circularon videos recortados, audios falsos, imágenes fabricadas y hasta una supuesta agencia internacional dedicada a financiar publicaciones contra la Selección. La empresa nunca apareció y las pruebas tenían la consistencia de un discurso presidencial sobre la recuperación del salario.
En el otro extremo de la grieta, figuras e influencers vinculados al kirchnerismo cuestionaron a Messi y otros jugadores por promocionar casas de apuestas mientras evitaban hablar sobre jubilados, universidades y conflictos sociales. Desde el ecosistema libertario, donde cualquier crítica suele ser considerada una invasión comunista, la discusión fue transformada en una campaña organizada por La Cámpora. No aparecieron pruebas de una conducción partidaria. También volvió a circular el falso volante “Tapá las estrellas”, atribuido a militantes camporistas y utilizado como evidencia de una ofensiva contra el plantel. La maniobra resumió el funcionamiento de ambas trincheras: unos intentan someter al futbolista a un examen ideológico y los otros inventan enemigos para presentarse como sus defensores.
El Gobierno de Milei encontró en cada triunfo argentino una oportunidad para disimular tarifas, salarios derrumbados, jubilaciones ajustadas y servicios públicos bajo la motosierra. La Cámpora, por su parte, insiste en medir el compromiso social de Messi como si un delantero tuviera que completar una declaración política antes de patear un penal. Ambos espacios buscan convertirlo en patrimonio partidario: para unos debe pronunciarse; para los otros, debe servir como propaganda. Messi continúa marcando goles a los 39 años y negándose a cumplir cualquiera de esos papeles. La Cámpora y los libertarios, mientras tanto, disputan un partido más pequeño: decidir quién consigue ensuciar primero aquello que no puede controlar.

