Estampida porteña: la clase media cruza la General Paz para escapar de una Ciudad cara, chica y enamorada de sí misma

Las búsquedas de propiedades en el Conurbano crecieron hasta 37% y en Ramos Mejía saltaron 52%, mientras Caballito perdió casi un tercio de su demanda. La Provincia suma viviendas y obras; CABA responde ofreciendo monoambientes en dólares y balcones donde apenas entra la culpa.

La vieja fantasía porteña empezó a desmoronarse al ritmo de las expensas: cada vez más familias abandonan la Capital para buscar en territorio bonaerense aquello que CABA convirtió en artículo de lujo, como metros cuadrados, dormitorios con puerta y patios que no sean una maceta junto al lavarropas. Las consultas por propiedades en el Gran Buenos Aires y el interior crecieron entre 35% y 37% en un año, con un salto del 52% en Ramos Mejía. Caballito, durante décadas presentado como la patria de la clase media, perdió cerca del 30% de los contactos. No es que los porteños hayan descubierto repentinamente la belleza del Conurbano: descubrieron que del otro lado de la General Paz todavía pueden comprar una casa sin heredar una petrolera.

La caída del crédito hipotecario terminó de acelerar la fuga. Hoy se concreta aproximadamente la mitad de las operaciones financiadas que un año atrás, de modo que miles de compradores ya no eligen dónde quieren vivir sino dónde el dinero alcanza para algo más digno que un “dos ambientes divisible” redactado por un inmobiliario con imaginación penal. Mientras la demanda porteña se enfría, los precios continúan subiendo con la serenidad de quien cobra en dólares y culpa al mercado. La Ciudad ofrece departamentos cada vez más pequeños, expensas cada vez más heroicas y cafés de especialidad para distraer al comprador mientras descubre que la cocina también funciona como pasillo.

La Provincia aprovechó el éxodo con 5.623 viviendas terminadas, otras 6.692 en ejecución y desarrollos acompañados por pavimento, alumbrado, servicios y espacios públicos. El Conurbano conserva desigualdades, problemas de transporte y deudas históricas, pero al menos intenta resolverlos; la Capital, en cambio, administra su decadencia inmobiliaria como una experiencia premium. La mudanza ya no aparece como una derrota sino como una mejora: cambiar un balcón francés por un patio, una baulera por otro dormitorio y una hipoteca imposible por una vivienda real. CABA conservará el Obelisco, las bicisendas y el privilegio de pagar una fortuna para escuchar al vecino toser. La Provincia, mientras tanto, se queda con las familias y con una verdad que del otro lado todavía cuesta aceptar: a veces cruzar la General Paz no es irse de Buenos Aires, sino escapar de su sector más sobrevalorado.

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