La Selección argentina volvió a derrotar a Inglaterra, se clasificó para otra final del mundo y, cuando todavía quedaban ingleses tratando de comprender cómo habían perdido un partido que creían controlado, apareció la imagen que la Casa Rosada hubiera preferido guardar en algún depósito junto con las políticas industriales y los manuales de diplomacia. Giovani Lo Celso, acompañado por varios integrantes del plantel, desplegó sobre el césped del Mercedes-Benz Stadium una bandera con una frase bastante sencilla: “Las Malvinas son argentinas”. No tenía ecuaciones austríacas, dibujos de motosierras ni pedidos de disculpas al mercado. Apenas expresaba una posición histórica del Estado argentino. Una verdadera provocación para una administración que considera extremista cualquier cosa situada dos centímetros a la izquierda de Margaret Thatcher.
La escena tuvo un detalle particularmente exquisito. Antes del encuentro, la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, había explicado que las autoridades acordaron impedir el ingreso de banderas, remeras y mensajes vinculados con las islas para evitar supuestas expresiones de odio. El Gobierno consiguió así una hazaña conceptual que ni la diplomacia británica había logrado con tanta eficacia: colocar un reclamo de soberanía reconocido por la Constitución argentina en la misma bolsa que los insultos racistas y la propaganda discriminatoria. Pero la pedagogía oficial duró lo que tardó la Scaloneta en terminar los festejos. La bandera apareció dentro de la cancha, recorrió las tribunas digitales y hasta fue difundida por las cuentas oficiales de la Selección. El dispositivo de seguridad había controlado al público con enorme eficiencia, aunque olvidó revisar la memoria histórica de los jugadores.
El episodio cayó con especial crueldad sobre Javier Milei, que celebró la victoria con entusiasmo mientras las redes recuperaban sus elogios a Margaret Thatcher, la primera ministra británica durante la guerra de 1982. El Presidente la calificó en distintas oportunidades como una gran dirigente y una figura brillante, una admiración que sus funcionarios intentaron explicar como estrictamente económica. Según esa novedosa teoría, es posible separar a Thatcher en cómodas porciones: quedarse con la privatizadora, ignorar a la jefa de guerra y agradecerle, de ser posible, el equilibrio fiscal. Mientras el Gobierno ensayaba esa cirugía ideológica, la Selección resolvió la discusión con una bandera de tela. No hizo falta una conferencia, una cadena nacional ni un vocero especializado en explicar que el Presidente quiso decir exactamente lo contrario de lo que dijo.
La reacción británica fue inmediata y algunos dirigentes reclamaron que la FIFA investigara el episodio, debido a las normas que prohíben mensajes políticos en los estadios. Argentina podría recibir una multa, una consecuencia que seguramente será presentada por el oficialismo como otra prueba de que el mundo civilizado comprende mejor a Milei que los argentinos. Pero el daño político ya estaba hecho. Inglaterra perdió el partido, la Scaloneta llegó a la final y la imagen más poderosa de la celebración no fue el abrazo presidencial con ningún empresario, sino un grupo de futbolistas recordando que existe una causa nacional anterior al algoritmo libertario. El Gobierno podrá seguir sosteniendo que el deporte y la política no deben mezclarse. El país acababa de ver exactamente lo contrario, en vivo, en alta definición y sin necesidad de pagar una consultoría.

