Larreta prepara su regreso y apunta contra el experimento Jorge Macri-Milei: “La Ciudad necesita gestión, no cosplay de motosierra”

El exjefe de Gobierno quiere volver a Uspallata en 2027 con una consigna que suena cada vez menos nostálgica y más quirúrgica: recuperar la Ciudad antes de que el PRO termine convertido en una sucursal libertaria con problemas de vereda, subte y autoestima.

Horacio Rodríguez Larreta empezó a jugar su partido más incómodo: volver después de haber perdido, pero volver como si el derrumbe ajeno fuera una campaña de difusión gratuita. El exjefe de Gobierno, que en 2025 aceptó el barro legislativo y sacó apenas ocho puntos, ahora mira el tablero porteño con una sonrisa prudente, de esas que en política significan una sola cosa: el rival se está prendiendo fuego solo y no conviene interrumpirlo.

La apuesta larretista es brutal en su simpleza. Mientras Jorge Macri intenta demostrar que gobierna la Ciudad y al mismo tiempo coquetea con el manual de supervivencia de La Libertad Avanza, Larreta busca vender algo casi revolucionario para estos tiempos: administración, equipos, planificación y cierta idea de normalidad. Una extravagancia. En la Argentina de la épica berreta, prometer que las cosas funcionen ya parece un acto de rebeldía.

En el entorno del exalcalde repiten que no se trata de volver al pasado, sino de usar sus ocho años en Uspallata como certificado de aptitud frente a una gestión que, según leen cerca suyo, quedó atrapada entre el endurecimiento discursivo, el miedo a Milei y la pérdida de identidad del PRO. La frase que sobrevuela los despachos es venenosa: Jorge Macri no estaría defendiendo el legado amarillo, sino administrando su liquidación por cierre, con la esperanza de que Karina Milei no le cambie la cerradura antes de 2027.

El contraste aparece servido. Larreta gobernó, perdió la interna presidencial, quedó fuera del centro del PRO, volvió por abajo y ahora intenta transformar la humillación en método. Jorge Macri, en cambio, carga con la derrota histórica del oficialismo porteño en 2025, cuando el sello amarillo quedó tercero detrás de La Libertad Avanza y el peronismo. Una postal delicada: después de casi dos décadas manejando la Ciudad, el PRO descubrió que también podía perder en su propio living.

La crisis libertaria le abre otra ventana. El escándalo que se llevó puesto a Manuel Adorni dejó a Milei obligado a reacomodar el gabinete y a buscar oxígeno en figuras con ADN PRO, como Diego Santilli. Para el larretismo, ese movimiento confirma el diagnóstico: la motosierra prometió destruir la casta, pero terminó pidiendo prestado el teléfono de la vieja política para llamar al plomero. Y en la Ciudad, donde el electorado suele castigar la improvisación con una crueldad educada, esa contradicción puede valer oro.

Por eso Larreta quiere que la elección porteña no quede tragada por la pelea nacional. Su fantasía operativa es una campaña donde los vecinos vuelvan a discutir quién administra mejor los problemas concretos: el subte, la seguridad, el espacio público, las obras, la limpieza, los trámites, la vida diaria. Todo eso que parece menor hasta que deja de funcionar y la épica nacional no sirve ni para arreglar un semáforo.

El mensaje, sin decirlo demasiado fuerte, es una bomba contra Jorge Macri y Milei: la Ciudad no necesita un delegado libertario ni un gerente asustado por las encuestas, sino alguien que ya conozca la máquina y sepa dónde están los botones. En una época en la que todos prometen refundar la patria antes del desayuno, Larreta ofrece algo mucho más peligroso: que Buenos Aires vuelva a ser gobernada como una ciudad y no como un casting permanente para sobrevivir al próximo tuit presidencial.

El larretismo sabe que el regreso no está servido. Ocho puntos no son una plataforma de lanzamiento, son más bien una escalera de emergencia. Pero en una Ciudad partida, con el PRO confundido, La Libertad Avanza golpeada y el peronismo todavía buscando cómo no asustar a Palermo sin aburrir al sur, Larreta cree que puede hacer lo que mejor sabe: esperar, ordenar y convertir el caos ajeno en oportunidad propia. La política argentina, siempre generosa con los reciclajes, podría estar preparando su remake más irónico: el hombre acusado de tibio volviendo como bombero en un incendio provocado por los amantes del fuego.

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