El Gobierno de Javier Milei empezó a caminar su propia reelección con la delicadeza institucional de una topadora entrando a una cristalería. Después del recambio en la Jefatura de Gabinete y con Diego Santilli como operador de vínculos parlamentarios, la Casa Rosada ya trabaja en una reforma política que tiene un objetivo bastante menos romántico que “mejorar el sistema”: suspender las PASO nacionales de 2027 y obligar a la oposición a ordenar su caos sin el auxilio de las urnas.
La excusa pública será conocida: ahorro, eficiencia, menos gasto, menos elecciones, menos molestias para el ciudadano, ese pobre ser al que la política solo recuerda cuando necesita que legitime algo. Pero en el fondo de la maniobra asoma una lectura más cruda: sin primarias abiertas, el peronismo queda encerrado en su propio laberinto de gobernadores, intendentes, jefes territoriales, heridos del cristinismo, sobrevivientes del massismo y aspirantes a salvadores de ocasión. En despachos legislativos circula una frase brutal: con PASO, el PJ puede ordenar su interna; sin PASO, la interna se lo come vivo.
El detalle más obsceno, por supuesto, es que Milei llegó a la presidencia después de convertir las PASO de 2023 en su gran plataforma nacional. Aquella primaria fue el salto que lo transformó de fenómeno televisivo con motosierra en candidato con destino de poder. Ahora, ya instalado en la Rosada, el mismo mecanismo que le sirvió para romper el tablero aparece súbitamente como un gasto, una molestia o una amenaza. La casta, al parecer, siempre era el otro; la conveniencia, en cambio, es patrimonio de todos.
El plan oficial no iría por la eliminación definitiva, porque ni siquiera en el reino libertario todos están dispuestos a prender fuego el edificio con escribano presente. La vía elegida sería la suspensión para 2027. Un gesto quirúrgico, temporario, prolijo en los papeles y feroz en sus consecuencias. En el PRO hay resistencias, sobre todo entre quienes todavía recuerdan que las internas pueden servir cuando no se tiene dueño, jefe o mesías con cuenta de X. Por eso, en la Rosada apuestan a Santilli: un traductor profesional entre el grito libertario y el idioma más antiguo de la política argentina, que es el poroteo.
La llave para seducir gobernadores sería la posibilidad de habilitar colectoras o instrumentos parecidos que les permitan a los mandatarios provinciales pegarse a la boleta de Milei sin entregar del todo su sello local. Traducido al castellano brutal: el Presidente pone arrastre, los gobernadores ponen votos en el Congreso y todos fingen que están discutiendo calidad institucional. En reserva, dirigentes provinciales admiten que la negociación se mira menos desde la teoría democrática que desde la caja, las obras frenadas, el Presupuesto y la supervivencia territorial. La república es hermosa hasta que llega la planilla de recursos.
Para el peronismo, la maniobra llega en el peor momento: sin conducción nacional clara, con Axel Kicillof intentando sostener centralidad, Cristina Fernández de Kirchner todavía gravitando sobre el dispositivo opositor y una liga de gobernadores que mira la unidad con el entusiasmo de quien mira una deuda impagable. Las PASO, con todos sus vicios, eran al menos una sala de terapia obligatoria. Sin ellas, el PJ deberá resolver a puertas cerradas lo que no logra resolver ni con votos, ni con rosca, ni con amenazas veladas de unidad.
En la Casa Rosada calculan que agosto puede ser el mes para buscar media sanción y que Diputados podría quedar atado a otra negociación más grande: el Presupuesto. Nada nuevo bajo el sol argentino, ese país donde las reglas electorales se discuten con tono republicano y se cierran con lógica de remate ganadero. Milei promete libertad, pero en el laboratorio electoral de 2027 parece haber descubierto una verdad menos heroica: a veces, para ganar, no hace falta convencer más; alcanza con cambiar el modo en que compite el resto.

