Luis Novaresio presentó La vida que importa, su nueva novela, y las redes hicieron lo habitual cuando un famoso publica un libro: saltearse la lectura y pasar directamente al fusilamiento. El comentario que mejor condensó el espíritu de la jornada fue el de una usuaria que preguntó qué tipo de papel traía el volumen, si era “rugoso o suave”, porque pensaba pasárselo “hoja por hoja” por el culo y no quería que raspase demasiado. La crítica literaria argentina acaba de incorporar la prueba dermatológica. Otro usuario encontró una utilidad más tradicional: “Está bueno para prender el fueguito del asado”. También hubo elogios con formol: “Salimos corriendo a comprarlo. Ya no tiene sentido leer otra cosa”. Y alguien preguntó si ya estaba disponible en México antes de despedirse con “Saludos desde Argentina”, como quien intenta sacar el problema por la aduana.
El episodio vuelve a iluminar una transformación bastante menos graciosa: una parte de las grandes editoriales multinacionales parece haberse convertido en una expendedora automática de libros de famosos, influencers, periodistas y políticos. Entra una cara reconocible con seguidores y sale un volumen con tapa brillante, faja promocional y lugar en la mesa de novedades. El catálogo empieza a parecerse a un baño público de terminal que alguna vez tuvo pretensiones de elegancia: sobreviven algunos buenos azulejos, pero para encontrarlos hay que avanzar con cuidado entre una cantidad creciente de material que nadie parece demasiado apurado por limpiar.
La novela de Novaresio habla de vínculos, sexualidad, modelos de pareja y grandes dilemas existenciales. En X, entretanto, el debate aterrizó en problemas mucho más concretos: suavidad, absorbencia, combustión y resistencia del papel. Todavía nadie informó si el lomo sirve para calzar una mesa. El lanzamiento consiguió, al menos, generar conversación inmediata. Que alguien abra después el libro y llegue hasta la página diez ya pertenece al terreno de las exigencias desmedidas.

