Leah Stewart había salido a nadar. Una actividad saludable, recomendable y particularmente estúpida cuando el océano decide recordar quién figura como propietario. Estaba a unos treinta metros de la costa de Coogee Beach cuando un tiburón de aproximadamente 3,5 metros, presuntamente un gran blanco, apareció debajo de ella y comenzó a morderla. Primero brazos y piernas. Después se colocó frente a su cara y abrió la boca. Stewart entendió que la situación ya había superado ampliamente la etapa en la que uno espera que todo sea una confusión.
Entonces hizo una cuenta brutalmente sencilla. Pensó en su hija de 18 meses y decidió que, si tenía que perder algo, convenía conservar la cabeza. Como era diestra, eligió el brazo izquierdo y golpeó al animal. El tiburón mordió. Stewart logró sobrevivir, aunque las heridas fueron catastróficas y los médicos terminaron amputándole ese brazo. Charlie Verco, un guardavidas que ni siquiera estaba trabajando en ese momento, se metió en el agua ensangrentada, la subió a una tabla y consiguió sacarla. Después llegaron las operaciones, el hospital St Vincent’s y unos diez días de coma inducido. Australia ofrecía sol, playa y hospitalización completa.
Cuando despertó, Stewart podía recordar buena parte del ataque. También empezó una rehabilitación para reconstruir su vida cotidiana con un solo brazo, ese género de superación personal que nadie incluye voluntariamente entre los propósitos del año. Su familia abrió una colecta que superó los 558.000 dólares australianos y finalmente decidió cerrarla porque el apoyo ya era suficiente. Mientras tanto, el gobierno de Nueva Gales del Sur anunció otros 34 millones de dólares australianos para reforzar la vigilancia con drones e inteligencia artificial. La administración pública, una vez más, descubrió el problema exactamente después de que el problema hubiera mordido a alguien.
El episodio se produjo además en medio de una serie de ataques que volvió a poner a las playas de Sídney bajo sospecha. Meses antes, un chico de 12 años había muerto tras ser atacado en aguas de la ciudad. Las autoridades ampliaron los sistemas de monitoreo, los científicos volvieron a explicar que los tiburones viven en el mar y parte de la opinión pública exigió soluciones definitivas para esa irritante costumbre de la naturaleza de no respetar los folletos turísticos. Stewart, por su parte, considera que recibió una segunda oportunidad. Entró al agua para nadar y terminó negociando con un depredador prehistórico qué parte de su cuerpo podía quedarse. Ganó ella, si la palabra “ganar” todavía conserva algún significado después de una amputación.

