Argentina perdió la final y el mundo se sacó la careta: uno por uno, los ataques que alimentan la sospecha de una campaña global

La derrota ante España inauguró un tribunal global con el veredicto escrito: Samuel L. Jackson acusó de racista al país y exfutbolistas llamaron “repugnante” a la Selección. Hasta la periodista Noelia Barral Grigera, habitual importadora sin aranceles de la agenda woke internacional, lamentó que ahora esa maquinaria le recordara a la Argentina “cuál es su casillero”. ¿Críticas espontáneas o una campaña demasiado sincronizada?

España derrotó 1-0 a la Argentina en tiempo suplementario y levantó la Copa del Mundo. Podría haber terminado allí: un campeón, un subcampeón y la habitual autopsia táctica realizada por personas que jamás consiguieron que cinco amigos llegaran puntuales a una cancha de fútbol cinco.

Sin embargo, la final abrió algo bastante más grande. Los incidentes protagonizados por algunos jugadores argentinos, la negativa del plantel a cumplir con las entrevistas posteriores y la bandera sobre las Malvinas exhibida tras eliminar a Inglaterra se convirtieron en el combustible de una ofensiva internacional que rápidamente dejó de cuestionar conductas concretas para sentar en el banquillo a todo un país.

Una patada, un empujón y una ceremonia atravesada por la bronca alcanzaron para que periodistas, exjugadores, funcionarios y hasta estrellas de Hollywood descubrieran simultáneamente que la Argentina no era una selección de fútbol sino una amenaza para la civilización occidental.

Samuel L. Jackson y una condena para 47 millones de personas

El ataque más brutal ni siquiera llegó desde el fútbol. Samuel L. Jackson reposteó un mensaje que pedía a las personas negras que no alentaran a la Selección porque la Argentina sería “uno de los países más racistas del mundo”.

La publicación comparaba a quienes apoyaban al equipo de Lionel Scaloni con Stephen, el esclavo que Jackson interpretó en Django sin cadenas. No distinguía entre el comportamiento de algunos hinchas, las responsabilidades institucionales y el conjunto de la sociedad argentina. Hollywood, siempre tan prudente para juzgar países extranjeros mientras produce películas sobre sus propios tiroteos escolares, resolvió el expediente nacional mediante una historia de Instagram.

Craig Burley: “Una completa y absoluta vergüenza”

El exfutbolista escocés Craig Burley sostuvo que la Argentina había sido “una completa y absoluta vergüenza”, tanto por su actuación como por sus comportamientos. También describió al equipo como “repugnante” y “desastroso”.

Su condena no quedó limitada a los incidentes posteriores. Incluyó el planteo defensivo, la falta de remates al arco y el escaso dominio de la pelota. Al parecer, perder una final ya no resulta suficiente: ahora debe hacerse con posesión elevada, modales de embajada y una sonrisa conveniente para la transmisión.

Frank Leboeuf: “Una mala imagen para el fútbol”

El campeón mundial francés Frank Leboeuf calificó lo ocurrido como una “vergüenza” y una “mala imagen para el fútbol”. La frase permitió transformar una pelea puntual —lamentable y sancionable— en la representación definitiva de todo el equipo.

La Argentina llegó a su segunda final consecutiva y perdió por un gol en tiempo suplementario. Para el nuevo tribunal moral, ese recorrido importó menos que unos minutos de descontrol. La memoria deportiva internacional, siempre tan selectiva, tiene la duración exacta de un video viral.

Gary Neville: “Es una desgracia”

Gary Neville declaró que el comportamiento argentino había sido “una desgracia” y aseguró que Messi sostuvo a un equipo cuyo desempeño resultó vergonzoso durante los últimos partidos.

El inglés dijo admirar la competitividad de los argentinos antes de sepultarlos. Es el tradicional procedimiento británico: primero se reconoce el coraje del adversario y después se solicita que alguna autoridad internacional lo sancione.

Joe Hart: “Repugnante”

El exarquero inglés Joe Hart calificó dos veces de “repugnante” el comportamiento posterior a la final. Aclaró que Messi había sido el único argentino con clase porque saludó a los jugadores españoles.

La precisión no fue menor: ya no se juzgaban acciones individuales, sino que se repartían certificados de civilización. Messi fue indultado; el resto quedó deportivamente fuera de la especie.

Alan Shearer y los “golpes a la cara”

Alan Shearer afirmó que Leandro Paredes lanzó varios golpes y sostuvo que no había lugar para semejante conducta. También señaló que existe una forma digna de perder y que la reacción argentina había sido “terrible”.

Su crítica tuvo un fundamento visible: los incidentes ocurrieron y deben ser evaluados. El problema apareció cuando el episodio comenzó a utilizarse como prueba retroactiva de que la Selección había sido indigna durante todo el torneo. Primero se juzgó la pelea; después se reescribieron ocho partidos.

Adrian Durham: “Una vergüenza para el Mundial”

El conductor británico Adrian Durham fue todavía más lejos. Calificó a la Argentina como “una vergüenza total para el fútbol” y “una vergüenza para el Mundial”. Aseguró que el equipo había resultado bochornoso durante casi toda la competencia, con la módica excepción de veinte minutos frente a Inglaterra.

También acusó a los jugadores de no saber aceptar la derrota porque varios permanecieron de espaldas durante la entrega de la Copa. El Mundial duró más de un mes, pero el prontuario quedó confeccionado con una imagen de pocos segundos. La justicia televisiva es rápida porque nunca pierde tiempo con atenuantes.

Alexi Lalas: “Débil”

El estadounidense Alexi Lalas calificó de “débil” la decisión de los futbolistas de evitar las entrevistas y dirigirse directamente al micro.

La crítica fue menos feroz, aunque se integró perfectamente al clima general: la Argentina no solamente había perdido mal y reaccionado peor, sino que además se negaba a sentarse inmediatamente ante las cámaras para ofrecer el espectáculo complementario de su sufrimiento.

El gobierno británico también entró a la cancha

La ofensiva había comenzado antes de la final. Después de que los jugadores exhibieran una bandera con la frase “Las Malvinas son argentinas”, el gobierno británico pidió una investigación y calificó el episodio como una violación “flagrante” de las reglas.

El vocero de Keir Starmer declaró que el Mundial podía no ser de Inglaterra, pero las Falklands “definitivamente” sí. Luego deseó suerte a los dos finalistas, “especialmente a España”. La política, aparentemente, debía permanecer fuera del fútbol salvo cuando ingresaba hablando inglés.

La periodista brasileña a la que Argentina le revolvió el estómago

Antes del partido decisivo, la periodista brasileña Julia Duailibi escribió que las escenas racistas protagonizadas por una minoría de hinchas argentinos y el silencio de la mayoría de los jugadores le habían “revuelto el estómago”.

Su planteo fue más cuidadoso que el de Jackson porque distinguió responsabilidades y admitió que Brasil tampoco constituye un ejemplo impoluto. Aun así, se integró a una corriente latinoamericana que eligió alentar a España, antigua potencia colonial de la región, para combatir la supuesta arrogancia argentina. El anticolonialismo también descansa cuando juega Messi.

La FIFA convirtió al subcampeón en acusado

La FIFA abrió investigaciones por los incidentes de la final y por la bandera sobre las Malvinas. La Argentina terminó el Mundial como subcampeona y, casi sin pasar por el vestuario, comenzó su nueva participación como imputada.

Las sanciones individuales pueden corresponder. Lo llamativo es la velocidad con la que dos expedientes disciplinarios se incorporaron a una narración mucho más ambiciosa: Argentina como selección violenta, país racista, nación arrogante y beneficiaria permanente de los árbitros.

Durante el torneo ya habían circulado las expresiones “VARgentina” y “ArgenFIFA”, junto con acusaciones de que el organismo necesitaba mantener a Messi en competencia. Incluso se presentó al conjunto de Scaloni como “el villano” del Mundial. La derrota no desmontó esa historia. La volvió más rentable.

Noe Barral Grigera y la agenda woke que volvió como un búmeran

El desfile de condenas también hizo lamentarse a Noe Barral Grigera, una periodista que habitualmente difunde sin filtro la agenda woke internacional. “Varoufakis, CNN, The Athletic, The New Yorker, Samuel Jackson recordándonos cuál es nuestro casillero y que no se nos ocurra movernos de ahí”, escribió al enumerar a los fiscales extranjeros que, desde distintos púlpitos progresistas, decidieron explicarle a la Argentina cuáles son los límites permitidos para su orgullo.

El reproche tuvo una ironía difícil de ignorar. Después de años de importar como revelación cada consigna del progresismo global, Barral Grigera comprobó que la máquina también podía girar el cañón hacia el sur y ubicar a los argentinos en el casillero del racismo, la trampa y la incorrección moral. La agenda woke, tan hospitalaria cuando juzga a otros, se volvió de pronto una aduana: la Argentina podía participar del debate siempre que aceptara el lugar que le habían asignado.

¿Existe realmente una conspiración contra la Argentina?

No apareció, por ahora, un grupo de WhatsApp integrado por Samuel L. Jackson, exfutbolistas ingleses, periodistas brasileños y funcionarios de la FIFA. Tampoco hay pruebas de una coordinación formal. Las conspiraciones serias, además, suelen evitar incluir comentaristas deportivos: hablan demasiado y cobran por hacerlo.

Sin embargo, la sincronización existe. En pocas horas se repitieron las mismas palabras —vergüenza, racismo, violencia, falta de clase— desde países, medios y ambientes diferentes. Todos encontraron en la Argentina un villano perfecto y mundialmente reconocible.

La Selección aportó munición: hubo agresiones, un episodio racista protagonizado por una hincha, gestos discutibles y una retirada silenciosa después de la derrota. Negarlo sería patriotismo de cotillón. Otra cosa es utilizar esos hechos para acusar a todo un país y convertir cada partido anterior en un capítulo de una gigantesca estafa.

Quizás no exista una conspiración clásica, con reuniones secretas y sobres debajo de la mesa. Tal vez funcione algo más eficiente: una campaña sin director, impulsada por rivalidades, algoritmos, resentimientos acumulados y la irresistible rentabilidad de odiar al mismo tiempo al mismo adversario.

Argentina perdió una final. Buena parte del mundo, en cambio, ganó la oportunidad de explicarles a los argentinos quiénes son. Y semejante oportunidad, como quedó demostrado, nadie estaba dispuesto a desperdiciarla.

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