Falta más de un año para las elecciones presidenciales de 2027, pero la política argentina decidió ahorrar tiempo y empezar a enloquecer ahora. La Libertad Avanza quería eliminar las PASO como parte de su cruzada contra esa aberración llamada “política”, pero el proyecto quedó empantanado y abrió otra grieta dentro del propio Gobierno. Karina Milei transmite optimismo, Patricia Bullrich hace cuentas en el Senado y sostiene que los votos sencillamente no existen. Alrededor de ambas vuelven los reproches, las reuniones que no sirven, los aliados que se sienten maltratados y esa curiosa costumbre libertaria de combatir la casta reproduciendo con extraordinaria velocidad todos sus hábitos.
Mientras tanto, el peronismo contempla el naufragio con la serenidad del pasajero que ya conoce de memoria dónde están los salvavidas. Kicillof, Máximo Kirchner y Sergio Massa volvieron a coincidir en algo: sostener las PASO, evitar desdoblamientos y llegar a 2027 dentro del mismo vehículo, aunque todavía discutan quién maneja, quién cobra el peaje y quién aparece en la foto. En Buenos Aires ya dan prácticamente por enterrada la posibilidad de separar la elección provincial de la nacional si sobreviven las primarias. Después de defender el desdoblamiento en 2025 como una cuestión casi existencial, el kicillofismo descubre ahora las ventajas de votar todo junto. La coherencia, esa excentricidad que suele complicar las campañas.
Kicillof además empezó a mirar hacia uno de los territorios donde Milei construyó su victoria de 2023: los jóvenes. Lanzó la rama juvenil del Movimiento Derecho al Futuro, reunió a miles de militantes y admitió que una parte de quienes votaron al libertario está revisando aquella decisión. El gobernador promete protagonismo, trabajo, vivienda y futuro a una generación que ya escuchó promesas de casi todos los colores disponibles en Pantone. La apuesta consiste en transformar el desencanto con Milei en esperanza peronista, una operación ambiciosa si se recuerda que buena parte de aquel voto libertario había nacido precisamente del desencanto con el peronismo.
Y como si la oferta doméstica no alcanzara, los dos grandes espacios ya miran hacia afuera buscando señales del cielo, literalmente. Las elecciones de Brasil, los comicios estadounidenses y la visita del papa León XIV aparecen en los cálculos para esos 39 días que pueden empezar a moldear la campaña argentina. Milei espera que el mundo no le retire demasiado rápido los respaldos que convirtió en parte de su identidad política. El peronismo sueña con Lula, con un Trump debilitado y hasta con que el mensaje social del Papa haga parte del trabajo que todavía no consiguió hacer por sí mismo. Así empieza a insinuarse 2027: un Gobierno que prometió dinamitar la vieja política atrapado en sus internas y una oposición que promete renovarse reuniendo otra vez a casi todos los que estaban antes. El futuro, por suerte, viene cargado de novedades.

