La inteligencia artificial llegó para revolucionar la medicina, transformar la educación y liberar a la humanidad de las tareas más tediosas. En los colegios argentinos, sin embargo, algunos adolescentes encontraron una utilidad más acorde con las grandes tradiciones nacionales: desnudar digitalmente a sus compañeras sin pedirles permiso. El último escándalo estalló en el Colegio Modelo Lomas, en Lomas de Zamora, donde se investiga la utilización de herramientas de IA para fabricar imágenes sexuales falsas de alumnas. El procedimiento es tan sencillo que prácticamente no requiere inteligencia, ni artificial ni de la otra: alcanza con conseguir una fotografía, cargarla en una aplicación y esperar unos segundos. Después solo queda distribuir el resultado, humillar a la víctima y, llegado el caso, explicarles a los padres que todo era una broma. La revolución tecnológica finalmente consiguió democratizar el abuso.
El fenómeno ya tiene antecedentes en instituciones como el Carlos Pellegrini, el Colegio Nacional de Buenos Aires y establecimientos educativos de Santa Fe. En uno de los episodios investigados, un adolescente de 14 años fue señalado por crear y difundir imágenes manipuladas de seis compañeras. Algunas víctimas dejaron de asistir a clases, una consecuencia bastante más concreta que el entusiasmo abstracto de los congresos sobre innovación educativa. Una encuesta realizada entre 912 estudiantes porteños de entre 12 y 19 años reveló que el 13% conocía casos de deepfakes en su entorno escolar y el 43% había recibido imágenes o videos modificados con inteligencia artificial. La industria tecnológica consiguió así un avance extraordinario: para ejercer una forma de violencia sexual ya no hace falta tocar a nadie, estar cerca ni siquiera tener el talento suficiente para abrir Photoshop. El hostigamiento se automatizó y el recreo se convirtió en un laboratorio de pornografía apócrifa.
Mientras tanto, la Justicia argentina intenta determinar qué hacer con una tecnología que produce nuevas modalidades de violencia antes de que el Congreso consiga ponerse de acuerdo sobre el nombre de una comisión. La Ley Olimpia incorporó la violencia digital al marco de protección contra la violencia de género, pero todavía no existe una figura penal específica que abarque de manera integral la fabricación de imágenes sexuales falsas mediante inteligencia artificial. Cuando aparecen menores de edad, los fiscales deben evaluar si corresponde aplicar delitos vinculados con material de explotación sexual infantil u otras figuras penales. El proyecto conocido como Ley Belén busca cubrir ese vacío, aunque su recorrido legislativo recuerda a esas actualizaciones de Windows que se anuncian durante años y nunca terminan de instalarse. La inteligencia artificial puede inventar una desnudez en diez segundos; el Estado necesita varias legislaturas para establecer si fabricarla constituye un delito. Es una competencia despareja y, por ahora, la burocracia está perdiendo por goleada.
El problema tampoco reconoce fronteras. En Europa, legisladoras denunciaron recientemente la circulación de imágenes sexuales falsas creadas con inteligencia artificial, mientras crece la presión para regular las aplicaciones capaces de desnudar digitalmente a cualquier persona. La promesa de las empresas tecnológicas era poner herramientas extraordinarias al alcance de todos. Cumplieron: ahora un adolescente puede falsificar fotografías íntimas con la misma facilidad con la que pide una hamburguesa. La diferencia es que la hamburguesa viene con términos y condiciones, controles sanitarios y un establecimiento identificable donde presentar una queja. Las víctimas, en cambio, deben averiguar quién fabricó las imágenes, quién las distribuyó, cuántas personas las guardaron y cómo conseguir que desaparezcan de internet. El futuro ya llegó. Lo único que todavía no está disponible es el derecho a que no te desnuden en él.

