Una noche de pasión puede dejar recuerdos agradables, alguna conversación incómoda y, en determinadas circunstancias, una colonia de bacterias instalada en la garganta. El sexo oral sin preservativo permite transmitir gonorrea, sífilis, herpes, clamidia y VPH. Algunas de estas infecciones producen úlceras, ampollas o inflamación; otras prefieren trabajar en silencio. Es posible levantarse, desayunar e ir a la oficina mientras una bacteria desarrolla una vida social más intensa que la de su anfitrión.
La gonorrea faríngea puede confundirse con un dolor de garganta común o no causar molestia alguna. Además, ciertas cepas presentan resistencia a los antibióticos. La sífilis puede provocar lesiones en la boca y, sin tratamiento, dañar órganos y sistema nervioso. El herpes tiene otra virtud poco apreciada: permanece en el organismo y puede reaparecer.

El VPH merece un apartado menos festivo. Algunos tipos, cuando persisten durante años, se asocian con cáncer de orofaringe. La mayoría de las infecciones desaparecen solas y desarrollar cáncer no es lo habitual, pero la relación está comprobada. El riesgo de transmisión del VIH mediante sexo oral, en cambio, es extremadamente bajo. En el contacto entre boca y ano también pueden transmitirse hepatitis A, bacterias intestinales y parásitos. Un menú degustación que nadie pidió.
Para reducir riesgos se recomiendan preservativos, barreras de látex, vacunas contra el VPH y controles de ITS, incluidos hisopados de garganta cuando corresponda. También existe una prevención infalible para las infecciones adquiridas específicamente por esta vía: no practicar sexo oral. La propuesta tiene pocas posibilidades de hacerse viral. Para el resto, conviene recordar que ni la higiene, ni la simpatía, ni una excelente primera impresión equivalen a un análisis clínico. La última palabra puede terminar teniéndola un infectólogo.

