En la Argentina de Milei, encender una lamparita, bañarse con agua caliente y tomarse un colectivo se convirtió en una disciplina de riesgo. Una familia promedio del AMBA necesitó $295.826 durante julio para pagar los servicios básicos, un 53% más que hace un año y un escalofriante 966% por encima de diciembre de 2023. En el mismo período, la inflación avanzó 241%. Es decir: mientras el Gobierno exhibe la desaceleración de los precios como si hubiera descubierto la penicilina, las facturas corren cuatro veces más rápido y despedazan el salario antes de que llegue al supermercado. La economía doméstica ya no parece un presupuesto: parece la escena de un crimen.
La carnicería tiene nombres y números. El transporte se llevó $121.023; la electricidad, $68.210; el gas, $64.862; y el agua, $41.724. Solo en julio, el gasto eléctrico saltó 12,5%, mientras que desde la llegada de Milei el gas acumuló una suba cercana al 2.185%. No fue una catástrofe natural ni una travesura del termómetro: el Gobierno redujo el consumo subsidiado, achicó la cobertura estatal y expulsó hogares del esquema de asistencia. La motosierra entró por el tablero eléctrico, pasó por la hornalla y terminó instalada en el medidor. El usuario dejó de ser cliente y pasó a ser rehén con número de suministro.
Pero el derrumbe más obsceno aparece entre los jóvenes, justamente el ejército electoral que llevó al libertario hasta la Casa Rosada convencido de que venía a romper el sistema. El sistema, siempre atento, terminó rompiéndolos a ellos. De los 3,6 millones de argentinos considerados deudores irrecuperables, 864.000 tienen menos de 30 años. La cantidad creció 85% en apenas doce meses y cada uno debe, en promedio, $814.000. No hipotecaron su futuro para comprar departamentos o fundar empresas: terminaron financiando comida, alquileres y servicios mediante tarjetas, billeteras virtuales y préstamos que convierten cada teléfono celular en una pequeña sucursal del infierno. La desocupación juvenil ronda el 15%, el doble de la general, y trepa todavía más entre las mujeres.
El remate completa la pesadilla: el salario privado formal volvió a perder contra la inflación, quedó por debajo del nivel previo a Milei y desde noviembre de 2023 desaparecieron más de 337.000 empleos registrados. El apoyo juvenil al Presidente también comenzó a desmoronarse entre quienes descubrieron que la batalla cultural no paga el alquiler, no prende la estufa y tampoco impide que llegue una intimación. Milei había prometido dinamitar a la casta. Dos años y medio después, la explosión ocurrió en los hogares: la factura quedó a nombre de los trabajadores y el expediente de cobranza, a nombre de sus hijos.

