París entre vidrios rotos, Limoges con su ayuntamiento incendiado y Milán bajo gases lacrimógenos. La Europa que durante décadas vendió estabilidad, bienestar y buenos modales exhibe ahora una colección de barricadas. En Francia, más de medio millón de personas salieron a protestar contra el costo de vida y el deterioro de los servicios públicos; los choques y saqueos dejaron miles de detenidos. El continente que inventó la burocracia para evitar catástrofes descubre que los formularios no sirven para apagar incendios.
Las protestas también sacudieron Italia y Bélgica, mientras España y Portugal mostraron el descontento por los alquileres imposibles. Los reclamos son diferentes y las manifestaciones no responden a una conducción común. Pero las escenas de violencia alimentan una pregunta mucho más inquietante: ¿quién se beneficia cuando Europa aparece, una vez más, al borde de la ingobernabilidad?
El nombre que vuelve a circular es el de Vladimir Putin. No porque exista una prueba de que Moscú haya organizado estos disturbios, sino porque los antecedentes son demasiado concretos para ignorarlos. Francia documentó 77 operaciones de manipulación informativa vinculadas al dispositivo ruso Storm-1516. También se investigaron falsas protestas y campañas en redes destinadas a enfrentar a los europeos entre sí. La receta no exige fabricar el malestar: alcanza con amplificarlo, manipularlo y esperar que la indignación haga el resto.
Por ahora, las autoridades francesas atribuyen los hechos más violentos a grupos de ultraizquierda y saqueadores que aprovecharon las marchas. No hay evidencia pública que permita adjudicar a Putin la ola actual de incidentes. Pero para el Kremlin, una Europa dividida, distraída y furiosa consigo misma sería una noticia excelente. ¿Se está desintegrando el continente o alguien intenta convertir sus propias crisis en un arma? Tal vez la pregunta más alarmante sea otra: ¿cuánta ayuda externa necesita una sociedad para empezar a romperse sola?

