Sergio Massa volvió a escena con una coreografía conocida: fútbol, intendentes y una dosis justa de ambigüedad. El encuentro se dio en territorio bonaerense, con varios jefes comunales del conurbano que todavía administran estructura, cajas locales y la siempre útil capacidad de movilizar gente cuando hace falta. No hubo micrófonos ni documentos, pero tampoco inocencia. En el peronismo, una foto así no se improvisa: se ensaya.
El contexto le da volumen a cualquier movimiento. Tras la derrota electoral y con el liderazgo fragmentado entre gobernadores, intendentes y figuras que miden más en encuestas que en territorio, el espacio funciona en modo asamblea permanente. Massa, que quedó golpeado después de su paso por el Ministerio de Economía en un año de inflación desbocada, eligió una estrategia clásica: reaparecer sin anunciarse, hablar sin declarar y dejar que otros construyan el relato. “No dijo nada concreto, pero tampoco hizo falta”, confió un intendente que estuvo en la cancha. Traducción simultánea: dijo todo.
En términos económicos, el telón de fondo no ayuda a nadie. La gestión que encabezó dejó indicadores difíciles de defender, con inflación anual de tres dígitos, reservas en tensión y acuerdos con el FMI que todavía condicionan la política fiscal. Sin embargo, en la lógica interna del peronismo, el pasado reciente se reescribe con bastante rapidez cuando el presente no ofrece mejores opciones. “Acá nadie está para tirar la primera piedra”, deslizó un dirigente del oeste del conurbano, en una frase que suena más a pacto de supervivencia que a autocrítica.
Cerca de Massa insisten en que no hay candidatura en marcha, apenas “reencuentros con compañeros”. Una definición que en la práctica funciona como contraseña: se habla de todo sin hacerse cargo de nada. En paralelo, algunos operadores ya miden escenarios, testean nombres y revisan encuestas con la esperanza de encontrar una figura que ordene el caos. “Si nadie se impone, vuelve el que ya jugó”, resumió un armador con años en el oficio. Mientras tanto, la escena se repite: una pelota, varios intendentes y un sistema político que, incluso en crisis, sigue eligiendo la cancha como lugar para discutir el poder.

