Messi se despidió de la Selección y Milei también quiso salir en la foto

El capitán jugó su último partido con la Argentina, marcó un gol y emocionó al Monumental. El Gobierno aprovechó la despedida para explicar que Messi, en el fondo, era otra demostración de las virtudes del esfuerzo individual.

Lionel Messi lloró durante el himno. Tenía 39 años, más de dos décadas con la camiseta argentina y enfrente el último partido de una historia que incluyó derrotas, insultos, una renuncia, varias resurrecciones y finalmente la santificación nacional. Más de 85 mil personas fueron al Monumental para despedir al hombre al que durante años se le reprochó que no llorara por la Selección y que ahora, cuando finalmente lloraba, conseguía que lloraran todos los demás. La Argentina también funciona así.

Después hubo que jugar al fútbol. Argentina ganó 3-0, Messi convirtió un penal y participó en los otros dos goles. El resultado importaba aproximadamente lo mismo que la temperatura del césped. Cada pelota que tocaba parecía convertirse en documento histórico antes de llegar al compañero. Las tribunas cantaban, sus hijos lo miraban desde el campo y sus compañeros trataban de comportarse como futbolistas profesionales en medio de un velorio con fuegos artificiales.

La política, institución argentina especializada en detectar emociones ajenas disponibles para uso inmediato, tampoco faltó. Javier Milei publicó un mensaje en el que convirtió la carrera de Messi en otra parábola sobre el mérito, la perseverancia y el esfuerzo individual. La operación tenía cierta elegancia: tomar al producto más exitoso de una construcción colectiva de veinte años y presentarlo casi como un monotributista que se abrió camino sin ayuda. Quedaban afuera Barcelona, Newell’s, entrenadores, compañeros, médicos, dirigentes, selecciones juveniles y unas cuantas generaciones de futbolistas. Detalles burocráticos.

Cuando terminó, Messi agradeció a su familia, a sus compañeros y a la gente. El estadio volvió a cantar su nombre y durante unos minutos ocurrió algo cada vez más exótico: millones de argentinos compartieron una emoción sin preguntarse primero a quién votaba el que tenían al lado. El Gobierno quiso encontrar en Messi una confirmación de su doctrina. El Monumental pareció encontrar algo bastante más sencillo: a un tipo extraordinario que necesitó de muchos otros para llegar hasta ahí. Incluso para ser Messi hacía falta una sociedad.

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