En una quinta de Ezpeleta donde el pasto crece con más libertad que las pulsiones, un grupo de hombres se encuentra cada semana para practicar algo que, en otros contextos, sería motivo de consulta médica o de terapia. Ellos lo llaman disciplina. La escena mezcla reposeras, termos y conversaciones largas sobre energía interna. “Al principio cuesta. El cuerpo pide pista. Después se calma y aparece otra claridad”, explicó Bardi, con la serenidad de quien decidió convertir una urgencia biológica en una filosofía de vida.
Los participantes hablan con una mezcla de convicción y épica doméstica. Marcelo, 42 años, empleado administrativo, contó que llegó al grupo “por curiosidad y hartazgo”. “Estaba todo el tiempo distraído, sin foco. Probé esto y ahora siento que tengo más control. Es raro explicarlo sin que suene ridículo, pero funciona”, dijo. Diego, 35, sumó una cuota de realismo que nadie le pidió pero todos entendieron: “Tuve recaídas. Varias. Acá te dicen que es parte del proceso, aunque también te miran como si hubieras fallado un examen”.
El fenómeno tiene correlato digital en foros de Reddit y videos de YouTube, donde la retención seminal se vende como una mezcla de superpoder y plan de negocios personal. La ciencia, más sobria, llega con balde de agua fría. Consultados por este medio, urólogos bajan la épica a tierra firme. “No existe evidencia médica que indique beneficios extraordinarios por evitar la eyaculación de manera prolongada”, explicó un especialista del Hospital Italiano que pidió reserva. “El cuerpo produce semen de forma continua. Si no se elimina por vía voluntaria, lo hace de manera involuntaria, por ejemplo durante el sueño”.
Otro urólogo, con años de consultorio y paciencia entrenada, fue más directo: “El problema no es no eyacular. El problema es convertirlo en una doctrina. Puede generar ansiedad, obsesión o incluso disfunciones sexuales si se vive con culpa o exigencia extrema”. Según detalló, la eyaculación cumple funciones fisiológicas normales y no es, como algunos foros sugieren, una pérdida de “energía vital” medible. “Eso pertenece más al terreno simbólico que al médico”, resumió, con diplomacia.
En la quinta, esas advertencias se escuchan poco o se reinterpretan con creatividad. “Los médicos miran el cuerpo. Nosotros miramos la energía”, replicó un integrante, convencido de estar un paso más allá de la biología básica. La frase quedó flotando entre los árboles, como tantas otras que suenan profundas hasta que alguien intenta verificarlas.
En tiempos donde todo se acelera, estos hombres eligieron frenar en seco. No está claro si encontraron claridad mental o una nueva forma de tensión acumulada. Pero en Ezpeleta, entre mates y silencios densos, la abstinencia dejó de ser una falta para convertirse en bandera. Y sostenerla, según dicen, es la única descarga permitida.

